miércoles, 4 de enero de 2017

ROSCÓN DE REYES ELABORADO DE FORMA MANUAL O EN PANIFICADORA



© El Platillo Comilón



INGREDIENTES: (de 15 a 20 porciones)

  -  500 gr de harina de fuerza
  -  100 gr de azúcar
  -  25 gr de levadura fresca
   (podemos sustituirla por un sobre de levadura seca de 
    panadería)
  -  100 gr de mantequilla a temperatura ambiente
  -  200 ml de leche entera
  -  3 cucharadas de agua de azahar
  -  Una cucharada de anís
  -  Un huevo
  -  Una cucharadita de sal
  -  Ralladura de la piel de un limón y de media naranja
  -  Una cucharada de miel
  -  Una cucharada de zumo de limón
  -  Una cucharada de zumo de naranja

Para decorar necesitamos...

  -  Un huevo batido
  -  2 puñados, más o menos, de almendra laminada o rallada
  -  Frutas confitadas o escarchadas variadas
   (pera, ciruela, cereza, naranja, kiwi... etc.)
  -  Medio vaso de azúcar
  -  Un chorrito de anís para empapar el azúcar



ELABORACIÓN:

  Con la llegada de los Reyes Magos de Oriente, la noche del 5 al 6 de enero, podemos dar por finalizada la festividad de Navidad. Aunque esta no se celebra en muchos sitios del mundo, en España, sigue siendo una de las noches más mágicas del año y, como ocurre en la mayoría de las festividades, esta, también tiene un dulce típico asociado, el conocidísimo “Roscón de Reyes”. ¿De dónde viene, cuál es su verdadera historia? Acompáñanos a la cocina y lo descubrirás.

La Adoración de los Magos, (Pedro Pablo Rubens - 1628-1629)
Copyright de la imagen © Museo Nacional del Prado

  A pesar de lo que todo el mundo cree, el Roscón de Reyes no tiene ningún significado religioso. Este se le ha ido otorgando con el paso del tiempo y debido también al desconocimiento. Nada tiene que ver con el nacimiento de Jesús y con la llegada de los Reyes Magos al portal de Belén. Su origen se remonta a una fiesta de la época de los romanos conocida como “los Saturnales” o “fiesta de los esclavos” durante la cual, los propios esclavos, tenían la oportunidad de descansar de sus duras tareas diarias. Estas fiestas ensalzaban a Saturno, Dios de la agricultura y las cosechas, y simbolizaban la finalización del período más oscuro del año, coincidiendo con la época invernal del hemisferio Norte, y el inicio de la luz.

  Los Saturnales consistían en un periodo de fiestas en el que los esclavos estaban exentos de realizar cualquier trabajo, pudiendo pasar esos días de forma ociosa.  Para esta celebración se preparaban cantidades ingentes de viandas, entre las que se encontraba una torta típica elaborada a base de miel y en la que se introducían algunos frutos secos, dátiles e higos. Este postre acabó convirtiéndose en uno de los más populares de esta festividad.

  Fue allá, por el siglo III después de Cristo, cuando se empezó a introducir la conocida “haba”, otorgándole prosperidad y fertilidad para el resto del año a aquella persona que se la encontraba en su porción de torta.

  Con el paso de los años, la religión cristiana se impuso en el Imperio Romano y las celebraciones paganas, como era esta de los Saturnales, fueron desapareciendo poco a poco. Pero esto no hizo que desapareciera la tradición de la elaboración de la torta, todo lo contrario, aunque no en todos los lugares se mantuvo dicha costumbre de comer este delicioso postre. Sí que quedó bastante arraigada entre la aristocracia y realeza francesa, convirtiéndose en una auténtica tradición, adquiriendo gran parte de su actual popularidad. Familias enteras se reunían para comer tan delicioso postre y ver quién era el gran afortunado al que le salía el haba. Esta celebración empezó a conocerse como “el Rey del Haba” (le Roi de la fave).

  Llegado el siglo XVIII, un cocinero, con ganas de contentar al pequeño rey Luis XV, introdujo como sorpresa en el roscón una moneda de oro (algunas fuentes indicaban que fue un medallón de oro y rubíes). Evidentemente, a partir de ese momento la moneda adquirió más valor simbólico que el haba, convirtiéndose en el premio deseado, mientras que nadie quería que le tocase la famosa legumbre. Aunque la tradición de comer el roscón ya era conocida en España, el rey Felipe V trajo la nueva modalidad de introducir en el postre una moneda como premio (con los años esta se cambió por una figurita de cerámica) a la vez que el haba, convertida esta vez en un símbolo negativo.

  Algunas fuentes apuntan que, durante un tiempo, la costumbre de introducir un haba desapareció, volviendo a reaparecer a mediados del siglo XIX gracias a unos reposteros catalanes, siendo escogida la tradicional fecha del día de Reyes para ser degustado y creando alrededor de este riquísimo dulce toda una parafernalia en la que el afortunado al que le salía la figurita era coronado como el ‘rey de la fiesta’ y al que le salía el haba debía pagar el postre, a la vez de ser nombrado por todos como el ‘tonto del haba’ (origen del famoso insulto ‘tontolaba’).

Bibliografía: “Vuelve el listo que todo lo sabe” de Alfred López, y con ilustraciones de Marta Contreras, publicado por Editorial Léeme Libros.

  Sabiendo todo esto, desde la cocina de El Platillo Comilón, queremos seguir la tradición de comer este delicioso postre para el día de Reyes. ¿Nos acompañas a la cocina a ver qué tal nos sale? Pese a la dificultad que supone su elaboración, el resultado es INCREÍBLE.
  En un cazo de cocina echamos 200 mililitros de leche entera junto con un pequeño trozo de piel de un limón y otro de naranja, ponemos a fuego medio bajo y llevamos a ebullición. Quitamos del fuego y tapamos para infusionar la leche, dejamos enfriar y reservamos.

  Sobre la mesa de trabajo, que por cierto, debe estar bien limpia, ponemos 500 gramos de harina de fuerza, hacemos un agujero en el centro a modo de volcán y añadimos 100 gramos de azúcar, 100 gramos de mantequilla a temperatura ambiente o en pomada, es decir, más bien deshecha, un huevo batido, 3 cucharadas de agua de azahar y una de anís (licor), una cucharadita de sal, una cucharada de miel, la ralladura de la piel de un limón y de media naranja, así como una cucharada del zumo de cada uno de ellos.

  Con las manos bien limpias empezamos a amasar todos los ingredientes y, a medida que vamos haciéndolo, añadimos la leche que habíamos reservado poco a poco, pero sin las pieles de los cítricos. Dejamos un poquito para deshacer 25 gramos de levadura fresca. Esta cantidad se corresponde con un cubito de las levaduras que ya venden preparadas para estos fines. Si no hubiese en nuestra tienda este tipo de levadura, podremos sustituirla por un sobre de levadura seca de panadería. Deshacemos en un poco de leche y lo añadimos a la masa. Mezclamos bien.


  Una vez que la masa está más o menos uniforme, con todos los ingredientes mezclados de forma homogénea, le damos forma de bola y la metemos en una fuente de cocina grande y honda, con su interior untado ligeramente con aceite de oliva, para dejar reposar y que doble su tamaño gracias a la acción de la levadura. El fin que tiene untar el interior del recipiente con aceite de oliva, es evitar que la masa se adhiera a su superficie.


  Dejamos reposar entre hora y media y dos horas tapando el recipiente con un trapo de cocina limpio y en una zona más bien cálida de la casa. Pasado este tiempo podemos ver cómo ha aumentado el volumen de la masa.


  La volcamos sobre la superficie de trabajo bien enharinada (“recuerda: con harina de fuerza”), para evitar que se nos pegue en los dedos o en la propia mesa, y volvemos a amasar durante 10-15 minutos para quitar todo el aire producido por la fermentación. Si nos pasamos añadiendo harina la masa nos puede quedar demasiado dura. Hacemos una bola y dejamos reposar durante una hora aproximadamente en las mismas condiciones que antes.

  Mientras pasa el tiempo, podemos preparar las frutas confitadas o escarchadas. Estas las podemos encontrar en cualquier supermercado, no es difícil adquirirlas en esta época del año. En otra ocasión, las haremos nosotros mismos, pero hoy, serán compradas. En nuestro caso vamos a utilizar albaricoque, cereza, ciruela, kiwi, naranja y pera. Si estas vienen envasadas en trozos muy grandes, las cortamos en finas láminas para disponerlas por toda la superficie de nuestro futuro roscón.


  También le añadiremos unos dos puñados de almendras crudas y peladas, o bien cortadas en finas láminas, o machacadas con un mortero y troceadas. Estas, al hornear el roscón, quedan súper crujientes.

  Pasado el tiempo, nos toca dar forma a nuestro roscón. Sacamos la masa del recipiente donde la hemos dejado reposar y la amasamos dándole ya la forma típica que presenta este dulce navideño. Hacemos una gran bola de masa y en su parte central abrimos un agujero con ayuda de los dedos. Podemos, incluso, dar vueltas a la masa en el aire para que se vaya estirando y así ir agrandando el agujero central. Colocamos sobre la bandeja del horno, tapada previamente con un papel apto para hornear, y le rectificamos la forma. Tenemos que conseguir que sea más o menos redondo y con el agujero central bien abierto.



  Es en este momento cuando meteremos la sorpresa y el haba, ambos envueltos en papel de horno para que no se nos quemen.




  



  Llenamos medio vaso con azúcar y le añadimos un chorrito de anís (licor). Removemos bien hasta conseguir pequeños grumos. Lo que debemos conseguir es que el azúcar no se disuelva, es decir, que haya más cantidad de azúcar que de licor y de esta manera se formen pequeños grumos que distribuiremos por toda la superficie de nuestro roscón. Metemos al horno.


  Podemos precalentar el horno a 100-150ºC, pero a mí, particularmente en este caso, me gusta encenderlo en el momento en el que lo vamos a hornear. Lo ponemos primero a 50ºC y, una vez que coge temperatura, lo subimos poco a poco hasta conseguir los 150ºC aproximadamente. Si le ponemos muy fuerte desde principio, puede que se nos arrebate, es decir, que por fuera quede muy quemado, mientras que por dentro quede algo crudo. De esa manera nos aseguramos que se hace bien por dentro y por fuera. Dejamos hornear unos 25-30 minutos y listo. Este tiempo también dependerá del tipo de horno que tengamos y sus características. Hay hornos que requieren más o menos tiempo.

NOTA: también podemos elaborar la masa de nuestro roscón con ayuda de una panificadora, una de las herramientas de cocina cada vez más utilizadas. En este caso, en la cubeta de la panificadora, añadimos primero los ingredientes líquidos y por último los sólidos. No hace falta que disolvamos la levadura si es fresca, la echaremos en último lugar desmenuzada con ayuda de las manos.


  El programa que debemos elegir es el de “masa”, de aproximadamente 1 hora 50 minutos. Transcurrido este tiempo, la elaboración del roscón es igual. Se deja reposar la masa al menos una hora antes de darle la forma característica y de hornear.

  Sea como sea la manera en que lo hagamos, una vez horneado dejamos enfriar y ya lo tenemos listo para comer. En otra ocasión lo rellenaremos de nata. ¿Delicioso verdad? ¿A quién le tocará la sorpresa? ¿Quién será el que pague el roscón?


He aquí el Roscón de Reyes
tradición de un gran banquete,
en el cual hay dos sorpresas
para los que tengan suerte.

En él hay, muy bien ocultas,
un haba y una figura;
el que lo vaya a cortar
hágalo sin travesura.

Quien en la boca se encuentre
una cosa un tanto dura,
a lo peor es el haba,
o a lo mejor la figura.

Si es el haba lo encontrado
este postre pagarás,
mas si ello es la figura
coronado y rey serás.






No hay comentarios :

Estaré encantado de saber tu opinión